El paraíso perdido

Hace unos días, durante un paseo de observación, me encuentro con cuatro sujetos a la orilla de un camino ubicado en medio de campos de cultivo, ellos bebiendo cerveza (debo decir que es difícil encontrarse a alguien, sin importar donde esté o lo que esté haciendo, que no esté bebiendo alcohol) y platicando, al parecer de su trabajo, mi presencia les llama la atención:

Abejas Cornudas (Tribu Eucerini)

Ante lo cual sus compañeros reaccionan, alguno tratando de callarlo, quizás porque los escucho, otro les  sugiere irse, pensando que pudiera fotografiarles a ellos, después de unos instantes se suben sus autos y se van (dejando unas bolsas de plástico con hielo).

Esta conducta de huir cuando nos ven con las cámaras es común, la gente que está bebiendo (o cualquier cosa que esté haciendo en sus autos) se marcha cuando nos ve acercarnos (¿será un sentimiento de culpa?), lo que tiene este encuentro en particular, es el comentario del sujeto 2 (¡aquí que chingaos!), es el desprecio (alimentado por la ignorancia) por el lugar en que vivimos, esta idea de que lo bello o la abundancia de vida está lejos, en otros lugares, en esos lugares que muestra la televisión, no aquí, como si nos hubiera tocado vivir en un lugar donde, como dijo él: “no hay nada”. Desprecio que además se refleja en el descuido y destrucción de nuestros espacios naturales, “para que cuidar, si no hay nada”.

Por esos comentarios no pude evitar recordar la interpretación que hace Giovanni Papini (en su obra Il libro nero – Nuovo diario di Gog) del relato bíblico de la expulsión del paraíso terrenal:

“…El creador habla así al desesperado viajero:

… En vano recorres la tierra buscando el lugar donde estuvo el Jardín destinado a ser morada de Adán. El Paraíso Terrenal es toda la tierra, nada más que la tierra con todas sus regiones, con sus alturas y sus aguas. Adán y Eva no fueron expulsados de un lugar cerrado, sino que fueron enceguecidos. Las espadas llameantes de los Querubines cambiaron la visión de sus ojos, los obnubilaron y no reconocieron el asilo de las delicias y jamás lo volvieron a reconocer. Sus ojos ofuscados vieron malezas y espinas donde había flores esplendorosas, vieron piedras escabrosas donde había gemas refulgentes, zonas desiertas donde en realidad había extensiones alfombradas de hierbas olorosas, lugares nebulosos donde brillaban cielos esplendentes, horrendos abismos donde había valles bendecidos por la sonrisa del sol. El mundo ha quedado tal cual fue en su creación desde el primer día, pero los hombres, debido a la alteración de su mirada, ven en el Paraíso, ya un doloroso Purgatorio, ya un horrendo Infierno.”

«…Y yo —concluye—, después de agradecer al Señor con un canto nuevo, regresé a mi ciudad, a mi pobre casita, y me di cuenta de que hasta mi reducida huerta era un rincón, hasta entonces ignorado, del Edén omnipresente y eterno».

Por supuesto que no es cierto lo que dice el sujeto 2 (“aquí no hay nada”), Vida en el río San Pedro (VRSP) ha registrado en la región más de 2100 especies, todas las fotografías que acompañan este texto muestran la diversidad y belleza de la vida que nos rodea, belleza y abundancia que si hay aquí, sólo que no nos detenemos a verla, o las exigencias de una vida de prisas y miserias, donde solo el dinero todo compra e importa, nos ha quitado las ganas de ver, y preferimos olvidarnos incluso de nosotros mismos con unos tragos de alcohol.

Ahora no es que hayamos comido la fruta prohibida, ahora lo que nos niega el paraíso es la más grotesca avaricia y nos guía al precipicio…

Texto y fotografía por Leonardo Hernández Escudero, colaborador de este sitio. 27 de julio de 2022.

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