Quise ahogar mis penas…

La palabra ecología (ökologie) fue acuñada en 1869 por  Ernst Haeckel, un naturalista y filósofo alemán. El termino deriva de dos palabras griegas: oikos (que significa hogar) y logos (estudio), así, ecología no es otra cosa que el estudio del hogar. Al estudiar y analizar el medio ambiente desde un punto de vista ecológico, estamos analizando y estudiando el hogar, nuestro y de miles de especies.

El humano es un animal que, como todos los demás, interactúa con el entorno en busca de satisfactores para sus necesidades de supervivencia y, en esa dinámica, también propicia determinados cambios en los ecosistemas. Igual que una abeja al alimentarse de una flor dispersa el polen fecundando las plantas, la interacción del humano con su entorno también acarrea consecuencias, algunas positivas y, por desgracia, cada día muchas más negativas.

Colocando al humano como una parte integral del ecosistema, no como un ser privilegiado, sino un componente más, vemos que su intelecto y capacidad creadora le confieren (o deberían conferirle) mayor capacidad de control de sus acciones o de prevención de las consecuencias de estas; así mismo, hay especies que al ver invadidos sus espacios o al entrar en contacto con la especie humana encuentran nuevas posibilidades de proliferar o se ven orilladas a la aniquilación, por ejemplo: vemos como los perros y gatos domésticos proliferan a costa de las especies silvestres y esto es consecuencia de la acción humana, cuando modificamos el paisaje, sin darnos cuenta favorecemos algunas especies y perjudicamos a otras, o la acumulación de basura, eso ayuda a algunos parásitos mientras que impide o dificulta la existencia de otros organismos; el mismo humano se afecta a sí mismo, o al menos a parte de su población, al contaminar cuerpos de agua o al dedicar grandes extensiones de terreno a monocultivos.

Con esta visión ecológica, es importante abordar una de las principales enfermedades que padece el humano que habita nuestra región: el alcoholismo; vivimos en una sociedad alcohólica y alcoholizada, aunque esto esté validado por la costumbre y permitido por la ley; es una realidad de la que poco se dice y en la que poco se piensa, por lo general solo se hace la mención despectiva de llamar “borracho” al consumidor, pero si uno pregunta a esas personas, muy pocos aceptaran que son alcohólicos y padecen una enfermedad (el alcoholismo), seguramente dirán que sólo toman “un poco y de vez en cuando para divertirse”. La negación o desconocimiento de su propia adicción, radica en la ignorancia del riesgo que representa para la salud ese consumo o lo que es una conducta adictiva, y al hecho de que no se suele ver al alcohol como lo que es: una droga.

Hablamos de una industria que genera grandes ganancias a costa de la salud de la población y al amparo de la ley, basta ver la cantidad de tiendas dedicadas a la distribución de bebidas alcohólicas que hay en nuestras poblaciones para ver las dimensiones del problema.

Vía la publicidad se nos inculcan estilos de vida donde el consumo de esta droga es el centro de toda diversión, y efectivamente así se percibe, ¿Cuándo fue la última vez que fuiste a una reunión o fiesta en la que no hubiese alcohol? A toda hora y en todo momento las bebidas alcohólicas están presentes y, por lo tanto, también la basura relacionada con ello, ya que una de las características inseparables del adicto es la carencia de autocontrol o autorregulación.

Aunque sea legal su venta y su consumo, el alcohol es una droga dura que altera el comportamiento psíquico y social del consumidor, como los opiáceos (opio y sus derivados) o las anfetaminas. El alcohol es una droga depresora del Sistema Nervioso Central que inhibe progresivamente las funciones cerebrales. Afecta a la capacidad de autocontrol, produciendo inicialmente euforia y desinhibición, por lo que puede confundirse con un estimulante (1).

“El consumo del alcohol, ocupa el tercer lugar entre los principales factores de riesgo de muerte prematura y discapacidad a nivel mundial (ONU, 2010). Se estima que, en el año 2004, murieron en el mundo aproximadamente 2.5 millones de personas por causas relacionadas con el consumo de alcohol (ONU, 2010). En el caso de México la ingestión de alcohol está relacionada, directa o indirectamente, con cinco de las 10 principales causas de defunción: las enfermedades del corazón, los accidentes de tránsito, la patología cerebro vascular, la cirrosis hepática, los homicidios y lesiones en riña” (2).

Además, los efectos del consumo de alcohol favorecen conductas de riesgo, como se dijo antes, desinhibe y da una falsa sensación de seguridad, lo que explica porque está relacionado con accidentes de tránsito y laborales, además bajo estos efectos de pérdida de control se dan prácticas sexuales de riesgo que pueden desembocar en contagios de enfermedades de transmisión sexual o embarazos no deseados (2).

Con esta información anterior, podemos sacar algunas conclusiones, sobre todo si las unimos a este dato siguiente: la Encuesta Nacional de Adicciones, 2011 (ENA) nos dice que, en México, el 42.9% de los adolescentes de 12 a 17 años ha consumido alcohol alguna vez en la vida, el 30% en el último año y el 14.5% en el último mes (3). Como bien sabemos, en nuestra región el embarazo adolescente es un problema creciente y que provoca, además de abandono escolar, que las probabilidades de padecer precariedad económica aumenten, con todo el impacto que eso conlleva para la madre y el producto.

El alcoholismo es un problema de salud (personal y publica), es un problema social, económico y político, y por lo tanto también es un problema ecológico, una de las especies del ecosistema está enferma, y nada menos que una especie con una enorme capacidad de impactar el ambiente (positiva y negativamente), por lo tanto, no puede dejarse de lado ese problema.

En muchas ocasiones, cuando se habla del problema de la acumulación de basura en el rio San Pedro, se menciona la falta de educación cívica y el fomento de una cultura de respeto hacia el medio ambiente, pero si analizamos la basura que se encuentra en él (y en muchos lugares de la región), corresponde a desechos de bebidas alcohólicas, ¿es posible pedir respeto y cuidado al medio ambiente a alguien que se destruye a sí mismo? Si como sociedad permitimos y alentamos esa cultura del alcoholismo, es decir la destrucción de las personas mediante el abuso de drogas, ¿es congruente luego exigir el cuidado del ecosistema?

A continuación una tabla en la que se indica, de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, los grados de consumo de alcohol y el nivel de riesgo que conlleva para la salud. Esta información debería estar al alcance de todos, en cada punto de venta de bebidas alcohólicas y en la publicidad de los productos, pero en esto como en muchos otros temas, la ignorancia es la que dicta las acciones, luego las secretarías de gobierno dicen querer remediar los problemas con campañas que no tienen ningún impacto.

Contenido de alcohol en distintas bebidas alcoholicas y nivel de riesgo relacionado a la frecuencia de consumo de alcohol. Tabla adaptada de las referencias 2 y 4.

Texto y fotografía por Leonardo Hernández Escudero, colaborador de este sitio. 2 de septiembre de 2022.

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Referencias:

  1. Ministerio de Sanidad y Consumo, España. Drogas. Realidades, mitos, efectos, riesgos, abuso, consumo, dependencia. 86 pp. Documento disponible en https://www.girona.cat/adminwebs/docs/g/u/guia__drogas.pdf
  2. Catalán, H. & Moreno, E. (2016). Consumo de bebidas alcohólicas en México. Un enfoque de adicción racional. Economía Informa, 399, 16-33.
  3. Ahumada-Cortez, J. G., Gámez-Medina, M. E., Valdez-Montero, C. (2017). El consumo de alcohol como problema de salud pública. Ra Ximhai, 13(2), 13-24.
  4. Ministerio de Sanidad. (s.f). A largo plazo (efectos crónicos). 30 de agosto de 2022, de Ministerio de Sanidad. Gobierno de España Sitio web: https://pnsd.sanidad.gob.es/en/ciudadanos/informacion/alcohol/menuAlcohol/largoPlazo.htm

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